12-05-2011.
Carlos Zaffore
Obama 1 - Osama 0: ...pero falta ir a las causas del terrorismo.
El fulminante operativo comando del grupo norteamericano SEALS que terminó con la vida de Osama Bin Laden es sin duda una victoria importante de Estados Unidos y particularmente del Presidente Barak Obama, que de estar atribulado por el impacto negativo en su imagen por la crisis económica dio un salto importante en la aceptación popular. Hubo en la población norteamericana una enorme algarabía, con algo en su forma de banal triunfo deportivo (el "Obama 1 Osama 0" del título fue sacado de una de las pancartas usadas en Nueva York y difundidas por los medios), pero de amplia justificación por el horror inmenso que causó el tremendo atentado del 11 de septiembre del 2001 en el que junto a las Torres Gemelas perdieron la vida casi 3000 personas. El operativo tuvo algo de cowboys, y hasta fue denominado Gerónimo, como el celebre cacique apache inscripto en la historia del país durante las luchas por la ocupación del “lejano” oeste. Y hay serios motivos para cuestionar su legalidad, hay dudas sobre si Bin Laden se resistió, si lo apresaron y luego lo mataron, si el objetivo era detenerlo y juzgarlo o simplemente matarlo y está muy claro el, en cuanto a su ilegalidad, el desconocimiento de la soberanía de Pakistán, cuyo gobierno se enteró del operativo llevado a cabo en su territorio cuando el “jeque” era cadáver.
De todos modos, la dimensión del terrorismo desatado por Bin Laden, quita relieve a los aspectos negativos. Se tiene la sensación que se ha hecho justicia, aun que no haya existido un juicio. Lo racional cede a lo emocional ante la dimensión no sólo de los hechos acaecidos el 11S sino de la amenaza terrorista. Ese es uno de los puntos. Al Qaeda ya ha anunciado que cometerá atentados contra blancos norteamericanos en represalia. Pese a ello, en el mediano plazo es posible que haya una disminución, que el efecto desmoralizante sobre los jóvenes islamistas sea más fuerte que la solidaridad con el muerto. Pero sería de una trágica banalidad suponer que el conflicto está superado, que no existen causas más profundas que el delirio criminal de la cúpula de Al Qaeda.
El caldo de cultivo está en las desigualdades sociales y nacionales. Es superficial verlo sólo como un conflicto religioso cuando su naturaleza es política. No es un “Choque de civilizaciones”, según un libro que ya tiene unos años del profesor de Harvard Samuel Huntington. Es un conflicto político y social. La invocación al Islam es una forma de afirmar su identidad que adoptan los jóvenes islamistas, como en otros tiempos se afirmaban en ideologías – el nasserismo, el marxismo, etc. -, para luchar contra la injusticia, la opresión y los resabios colonialistas que subsisten en Occidente.
Son problemas que no se resuelven con represión. Naturalmente, los actos terroristas tienen que ser castigados dentro de la ley, pero no alcanza. Es indispensable ir a las causa, crear sociedades más justas y relaciones internacionales más equilibradas.
Estos días se han producido los conflictos en países árabes como Libia, Túnez, Egipto y otros. Fueron reacciones populares contra dictadores y oligarquías, y en algunos casos, como el de los desesperados rebeldes de Libia, no faltó pedidos de ayuda a naciones occidentales. Pero no habría que engañarse, varios dictadores y oligarquías fueron aliados de Washington que les ayudó a mantener la opresión. El mismo Khadafi después de sus tempranos tiempos de revolucionario, había acordado con los norteamericanos interesados en su petróleo. No está claro que en la base social de esos países no haya también factores de conflicto que, al margen de cómo diriman sus cuestiones internas, más tarde o más temprano se manifiesten en una reacción antioccidental.